Editorial de Revista Fusión
Vives en un espacio que fue diseñado para ti. Es un espacio cerrado, acotado, vallado, lleno de normas, de reglas, de leyes, de prohibiciones. Es un cuadrado, o mejor, un cubo, donde la vida se reduce a tres dimensiones.
Te educaron, te enseñaron, te convencieron de que la vida se reducía a eso, de que ese era el espacio, todo el espacio posible, porque fuera de esas fronteras, mas allá de esas paredes, sólo existía el caos, el desorden, lo maligno.
Te enseñaron a pensar y a sentir dentro de esa jaula, que para unos es de oro y para otros, la mayoría, de hierros oxidados. Pero siempre es una jaula, y tú su prisionero.
Redujeron tu mente a la mínima expresión, solo lo suficiente para que puedas cubrir tus necesidades animales y vegetales, pero no para desarrollar tus capacidades como ser humano, no para impulsar aquellas cualidades que te permiten pensar por ti mismo, ser tú mismo, aquellas que te conducen hacia la libertad, hacia el descubrimiento de tu potencial, hacia la verdad de quién eres y qué futuro te espera cuando logres salir del cubo, de la prisión, de la jaula.
Te enseñaron a no atreverte, a no arriesgarte, a conformarte con lo que otros consideran bueno para ti, útil para ti, suficiente para ti. A temer a lo desconocido, a aceptar los dogmas impuestos sin pensar si son o no ciertos. A adorar a los “dioses”.
Te educaron para obedecer las normas sin hacerte preguntas, a acatarlas con sumisión y, además, con agradecimiento, porque estás convencido de que no te mereces más.
Te engañaron y te siguen engañando. Lo hacen todos los días de tu vida. Lo siguen haciendo porque tienen que mantener viva la gran mentira. Es su alimento. Es su razón de ser. Es lo que les mantiene en su pedestal.
Depositaron un poco de comida en tu jaula y grandes dosis de diversión enlatada para que estés entretenido, para que no pienses, para que no cuestiones tu vida, tu situación, el sistema, el gobierno mundial del orden.